Roberto Raschella

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Roberto Raschella (Buenos Aires, 1930). Poeta, guionista y crítico de cine, traductor. Dirigió la revista “La ballena blanca”. Premio Boris Vian por la novela “Si hubiéramos vivido aquí”. Ha recibido también el Segundo Premio Nacional de Novela, la Beca Guggenheim y el Segundo Premio Nacional de Literatura. Ha publicado los libros de poesía “Malditos los gallos” (Finegan’s, Buenos Aires, 1979), “Poemas del exterminio” (Libros de Tierra Firme) y “Tímida hierba de agosto” (Alción).

[Acaso fue mucho tiempo]

Acaso fue mucho tiempo.
Se escuchaba el serio contar razonado
de marinaros, de capraros, de cafones
que tenían el olor de maderas tundidas,
de cueros, de quesos, de paños gruesos
y escarnecidos. Se alzaban victoriosos
los pisadores, las mujeres recogían olivos
en los cestos- fue mucho tiempo acaso.
Nadie buscaba, nadie encontraba.
Matercombada asistía la casa
gritando sbalashu, sbalashu -
desgracia, desgracia.
Se encendían los rojos pañuelos,
las rojas visiones de techos
que aspiraban negro, porque el mundo
era negro,
de cárceles en el sur y borradas leyendas.
El siroco mudaba el agua
en las terrazas, disparados rebaños
todavía calientes se dolían,
tan pungente la alarma
como la mujer que sufría
serenatas fósiles y espera de dos guerras.
Apenas sabíamos las velas lúgubres
entre torsos de príncipes, apenas sabíamos
los insolentes mástiles de las naciones
sobre la tierra y el mar, apenas sabíamos
tantas cosas, tantas infamias,
tantos errores: el poder, el poder…
Ese mundo acabó:
de algunos era gloria.

[El silencio era cuatro muchachos]

El silencio era cuatro muchachos que pasaban.
Había un pozo de creta delante de la iglesia.
La madre decía el pesar sobre la sangre
del hijo herido o el animal callado,
después arrojaba la desnuda madeja a la cama
que ya estaba excavada.
Temía los signos del perro de cobre puro,
el perro entre martillos de verano y hambres,
el perro que surgía de sus ojos vivo.
“¿De dónde ha llegado esa nube?”.
“Ha llegado de otro mar: pasó
por la ventana y arrancó el lunario”.
“Llórame, madre, entonces. Llórame
en vida, llórame”.
“No. Hago votos por ti,
con toda el alma.
Pero no bailes.
Te dará vuelta la cabeza.

…………………………………

Oh, amargo hijo:
tú que no tienes sufrimiento
todavía, tú que heredas mi mal,
tú que has nacido con los pies de fuego…
Búscate una mujer.
Búscate un hermano, te pido.
Búscate otra tierra”.
Ella era la forma mía,
la terrible pared.

[Mucho tiempo fue]

Mucho tiempo fue.
Las mujeres se comían
las lenguas en los velatorios.
El azúcar olía sobre las brasas.
Sonaban los musicantes,
sonaba cierto carnaval
de lazos finos. Un joven dios
aguardaba el invierno
con el pecho abierto.
Era dulce el rencor de los viejos,
dulce, tremante como aquel sol.
Un minuto virginal golpeaba
desgraciada esperanza.
Nada más para mí, me dije entonces.

(De Tímida hierba de agosto, Alción Editora).

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