Sergio de Matteo
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 ComentarioNació en Santa Rosa (La Pampa) en 1969. Ha conducido los programas radiales “En busca del tiempo perdido” (1992), “Música de cañerías” (1996), “Somos lo que buscamos (2007/8), “Espacio Fahrenheit” (2009), “El estado de las cosas” (2007, hasta la actualidad). Ha publicado las plaquetas Soles violentos (1995); Absurdo / Absoluto (1996); y los libros Ozono (1997); Criatura de mediación (2005); El prójimo: pieza maestra de mi universo (FEP, 2006), Diario de navegación (El Suri Porfiado, 2007). Miembro fundador del colectivo artístico “Patria de arena” y del “Grupo de la neurona poseída”. Editor de la revista Che, Artes y Culturas en Abya Yala, rebautizada Museo Salvaje (2001). Ha organizado medio centenar de eventos culturales con la participación de conferencistas y poetas argentinos y extranjeros. Colabora con investigaciones y artículos en diarios, revistas y sitios web del país y extranjeros.
Los adormecidos
En la noche,
después que ha caído la lluvia
–cuando aún las hojas están húmedas
se oyen pasos a ningún lado–
damos vueltas alrededor nuestro
y nos extraviamos.
En la noche,
donde todavía buscamos a tientas
–las gotas transparentes de la borrasca
nos trazan el camino–
para abandonar las sombras
que desconocemos.
En la noche
en que yiran los adormecidos
los vasos colapsan en su propio fondo;
mientras tanto, alguien baila en el universo:
rostro de luz y cuerpo de papel.
Hay manos que cierran el llanto.
Nostalgia
Si las palabras no están espiritualizadas no valen
nada, mucho menos las palabras de la literatura.
Eduardo Senac.
Quise llorarme y no pude;
era intrascendente mi hastío ante los ríos fecundos,
las colosales montañas y los austeros desiertos.
Quise llorarme y no pude;
pero seguí avanzando con la espalda rota,
la mirada extraviada, detrás del aullido de los ausentes.
Y no pude llorarme, ya no quise;
había sido derribado de la torre de mi furia,
vuelto boca abajo con los clavos del desconsuelo.
Y no pude llorarme, no quise;
pujaban las flores erguidas bajo soles violentos,
mientras los huesos empecinados iban royendo la tierra,
buscándole el agua a los espantos, a los fuegos interiores,
a los espíritus maltrechos y esmerilados.
Quise llorarme y no pude,
y no pude llorarme, no quise.
Sin embargo compadecí mi pobreza,
como si fuera una pena macilenta que se cuelga del viento, de los cielos;
en tanto crujía impertérrito en el paraje más solitario del mundo,
lamentando la pérdida del horizonte, de lo ajeno y de mí mismo.
Y no pude llorarme, no quise,
aunque quise llorarme, no pude.
