Silvio Mattoni

Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 Comentario

Nació en Córdoba, en 1969. Es profesor de Estética en la Universidad Nacional de Córdoba. Publicó una docena de libros de poemas, entre ellos El descuido (2007), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes y Avenida de Mayo (2012), y los ensayos Koré (2000), El cuenco de plata (2003), El presente (2008) y Bataille. Una introducción (2011). Tradujo a Henri Michaux, Georges Bataille, Giorgio Agamben, Paul Valéry, Francis Ponge, Catulo, Marguerite Duras, Diderot, Cesare Pavese, Mario Luzi, Pascal Quignard, Louis-René des Forêts, Yves Bonnefoy, Simone Weil y Clément Rosset, entre otros.

Heroísmo

Leí que el heroísmo es una opción

sólo para quien lucha en desventaja.

¿Será por eso que en algún momento

decisivo quisiéramos mirar

hacia atrás, hacia la altura de una muralla

de donde nos rogaron no salir?

Sabemos que no hay nadie, y además

¿cómo ver el peligro que se arroja

enfrente de nosotros? Aquel día,

con pocas horas de sueño en la mañana infame

de la clínica pulcra, había pasado

una semana de crueldades infundadas

sobre tu cuerpo de dos meses, iban

a hacerte una pequeña operación

con anestesia e impunemente usaban

la lengua griega: una biopsia hepática.

Aterrado, impertérrito, yo había

mantenido mi apático optimismo:

las desgracias son raras y a mí

no me hacen falta. Bastantes temas

hay ya en haber nacido, en los niños,

la vejez y la muerte. Pero caminé

repitiendo canciones que el azar

ponía en mi cabeza, y en la barra

del café hospitalario, justo antes

de que entraras, Galileo, dormido

al quirófano, sentí que me llegaba

el llanto. “¡Andrómaca –me dije–,

no me dejés salir a la llanura!”

Y pensé en Baudelaire, el pusilánime,

que nunca tuvo hijos. Aunque enseguida

corrí a esperarte y enfrenté la tortura

porque si había un héroe en este mundo

ése eras vos, en plena desventaja,

sin palabras, luchando con bracitos

minúsculos contra la invasión médica.

Ahora creciste, ganaste peso, sonreís

a cada rato. Cada mañana pido

al vacío que combina esto que hay

una pequeña Troya de cien años

para que vivas hasta ser un viejito

sabio y desmemoriado. No escuchemos

el murmullo lejano de los griegos.

No existen, y sí, nosotros nos movemos.

El auto roto

El auto que ahí ves, hijito mío,

dicen que fue tan rápido y brillante

que ni una moto japonesa pudo

pasarlo aunque no había viento fuerte

ni pozos en la ruta. No lo niegan

los árboles serranos, las llanuras agrícolas

ni el centro suspicaz capitalino

ni el pueblo afantasmado en donde acaban

las fábricas de partes y las plantas

de ensamblaje, que de metal y plástico

hicieron este auto, con materiales

químicamente amalgamados, fundidos

y tan endurecidos y flexibles

que no parecen nacidos del suelo.

Si el auto hablara diría en qué zonas

del mundo más lejano y más cercano

vinieron componentes a formarlo;

dice que recorrió centenares de miles

de kilómetros de asfalto y de ripio

y que llevó a su dueño a todas partes

sin parar hasta ahora y que no tuvo

que ser vendido nunca y hoy se expone

a la lluvia en el estacionamiento

sin ruedas, oxidado, como ofrenda

a la distancia, al tiempo y al desgaste

de todo lo que existe. Y en recóndita

quietud envejece y se dedica a vos,

a mostrarte lo roto, Galileo,

que les das tus palabras a las cosas

y el pronombre a las máquinas sin nombre:

“¡Yo soy la camioneta gris, gigante!”

–habías dicho riéndote una tarde,

pero a este mediodía pregunta tu tristeza:

“¿Y por qué ese auto no anda más?”

Si yo fuera un antiguo te diría

que sigue andando en el cielo estrellado

como constelación que cuida siempre

a los que viajan y llegan a viejos.

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