Enrique Arnoletto
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 ComentarioNací en Córdoba en 1954. Vi y viví desde adentro todo lo que pasó en estas décadas de locura, pero siempre un poco más chico, un poco más tímido que los protagonistas de cada momento, a los que he acompañado; una especie de ojo puesto ahí para contarla. Algo en mi interior, y mucho de buena suerte, me han mantenido justo en el límite del vendaval de la historia.
El sol cayendo sobre la barranca gredosa que desciende desde un pastizal extenso, en pendiente hacia el río allá abajo, que no se ve pero se escucha, lejano y distinto de esta quietud en su eterno pasar, en no ser nunca sino de otro lado, transportando las montañas hacia el mar o la llanura. Las cigarras un continuo de órgano de iglesia natural, de templo de cielo y tierra esperando los ojos que vean el magnífico gesto del derroche de la belleza, para anunciar que hay otra cosa que nos alimenta en su desaparición, algo que ha dado todo de sí y permanece en éxtasis, desplegado, abarcando las superficies desde adentro de todas ellas, seno de la piedra, raíz de los tallos, perfume de la flor. Desprendimiento de arena que antes fue piedra que antes fuego que antes nada, o casi nada, y que por un milagro derivó el vacío en lleno, la oscuridad en luz, lo singular en plural, como un regalo, como un sueño. Buscando el ojo, el corazón que, perteneciendo a la superficie, pueda ver la inmensidad del origen de las cosas en las hojas y los pájaros, en nubes vacilantes describiendo la altura, en cavernas penetrando la profundidad.
La moneda brilló en la palma de mi mano, pero no con un brillo cualquiera, sino de esos que se meten adentro atravesando los ojos y pasan de largo hasta el otro lado de uno, donde un duende espera ser despertado. Frente al kiosco, supe que el mundo podía ser mío. Maravillosos objetos, fantásticas sensaciones, acudieron al conjuro del número. En realidad, el vidrio, la vereda, se disolvieron en un fuego de luz iridiscente; yo quedé poblado de posesiones mundanas indescriptibles, extraordinariamente sensuales. Los chicles jugosos, eternamente azucarados, los caramelos infinitos con pendientes de color anaranjado, próximos al fuego y a la desaparición, celestiales; y los sándwiches de miga con coca cola, o botellas llenas de luz sobre la superficie de las mesas. Y todas las maestras del mundo mirándome y diciendo: descubrió la llave, el secreto escondido por mostradores engañosos, triunfó con solamente pararse delante de un kiosco con una moneda en la mano.
