Luis Benítez
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 Comentario
Nació en Buenos Aires en 1956. Ha recibido diversos premios literarios, nacionales e internacionales. Sus 37 libros de poesía, narrativa, ensayo y teatro han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay. Últimos títulos publicados: Les Imaginations (poesía, L’Harmattan, París, 2013); Short Poetic Anthology (poesía, Littoral Press, Inglaterra, 2013); Manhattan Song (poesía, Ars Longa, Rumania, 2013).
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Drácula
En mi infancia fue Christopher Lee
y en la de otros Bela Lugosi, un vampiro morfinómano
que murió pobre, viejo y olvidado,
la suerte que no conoció esa sombra invariable
que nos sigue mirando desde el hueco de las escaleras
o la habitación terrible al fondo de la casa.
Debe recordarnos que detrás de los que se reflejan
cada día en los espejos, siempre hay un niño
que viene tanteando las tinieblas
de un eterno corredor, uno que ‒él lo sabe‒
termina en la sala de un castillo.
Tiene que ser el otro lado de los mediodías
para que el mediodía sea la tranquilizadora luz,
las nítidas certezas, cada jornada una avenida iluminada
para que veamos venir la muerte si se asoma.
Son suyos los gritos de la calle que no reclama nadie,
los escalofríos que no tienen un porqué que no avergüence,
los pasos nocturnos que se oyen cerca y lejos,
un horrible doble tiempo que marea y que nos toma.
Y en el centro de esa red infinita que le han tejido el tiempo
y nuestros miedos, ‒seguro solamente de sí mismo y del infierno‒
sonríe y entre dientes murmura nuestro nombre,
aquel que es sólo uno y el que llevamos todos:
Vlad Draculea, el príncipe que somos de Valaquia.
* * *
Revelaciones
Alexander Graham Bell arrojó al futuro
esta pequeña cosa que llevo en el bolsillo,
que me espera paciente en un rincón de la casa,
que me acecha silenciosa todavía en la oficina:
ha colonizado el mundo con voces que no son suyas
y nos obliga ruidosamente a contestarlas.
Contengan la noticia horrenda o la venganza que nos dibuja
un rictus que no reconoceremos nunca ante los otros;
sean el aguijón de nuevas urgencias o breves palabras
que serenan y apaciguan, él las trasmite igual
que a la cobarde amenaza que no tiene un rostro,
los saludos inútiles en cada aniversario o el estúpido
intento de vendernos interminablemente algo.
Indiferente a lo que dice su micrófono,
lo lleva a miles de kilómetros para que inevitablemente lo reciba alguien,
como un bombardero atento sólo a la puntual
entrega de su carga que cambia las cosas para siempre.
Quizá su placer desde hace un siglo sea engañarnos
creyéndole que hablamos con los vivos,
cuando al teléfono exclusivamente lo hacemos con fantasmas.

