Remo Bianchedi
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Artista plástico y escritor, nacido en Buenos Aires en 1950. Estudió en Kassel, Alemania, con Joseph Beuys. Ha participado en numerosas exposiciones nacionales e internacionales. Vive y trabaja en Cruz Chica, La Cumbre, donde en 2012 inauguró la Sala Cochinoca, espacio de exhibición de su obra. Como poeta publica desde temprano en prestigiosas revistas literarias. Entre sus libros figuran Max y la bestia, El regreso del señor Lafuente, Vidas célibes, Yo no es otro, En Rimbaud Tilcara y Rosa Morandi (en preparación, Letranómada, 2014).
Un fragmento de Rosa Morandi:
Unto mis ojos con miel
La noche llega cuando llega
La mañana
Sombras
Las sierras esparcidas
Frotan arena
Los labios
Ensortijados
Unto ojos con miel
Abiertos
De par en par
Los balcones plena flor
Unto mis ojos con miel
Murmullo entre hierbas y espinas
De peces en plata escamados
A los saltos por corrientes
El agua congelada
Unto mis ojos los abro con miel
Dátiles de marfil
Arrojados contra el cielo
¡Ella puro temblor!
Unto mis ojos con miel
Unto mis ojos con miel
Unto mis ojos abiertos con miel
Círculos dibujan las cosas
Al desplegar
‒plumas‒
Los misterios
Pero antes unto mis ojos con miel
Antes hago fuente
Los ojos
‒vigilia‒
Tan abiertos
Antes del impulso
‒en el agua‒
Mi mano hecha timón decide
Arrebatar
Dirección
Por ello
Unto mis ojos abiertos con miel
Camalote a la deriva el tiempo
Rebotando contra piedras
Y remontando
Unto mis ojos con miel.
Raspar
Pulir
Limar
Unto mis ojos abiertos con miel
Antes
Del rito
Antes
Eduarda
Antes de mirar ojos untados en miel
Aún después de después
Cuando aquieta el sol
Dando vueltas
Alrededor del borde
Las montañas dejando cauce al río
‒que no está‒
Antes de mirar
Unto mis ojos abiertos con miel.
Cascadas los pájaros
Donde la vista no alcanza
Entonces unto, otra vez, mis ojos
‒con miel‒
Cauce abajo
Hacia el río Grande evitando
Las piedras mover
Acariciando la piel pulida
‒al pasar‒
Unto mis ojos los abro con miel
Frente al fuego
‒entibiando huesos‒
Alrededor del aire
‒Aqueronte‒
Río de aire
Río del Hades
Sorteando el Cruce Chico
Donde aún no llueve.
¿Volveré a mirar las cosas en su mismo lugar?
¿Aliviarán mis ojos su memoria?
¿Es donde cesan las imágenes cuando concluyen los recuerdos?
¿Es transportar lo que se conserva?
Vida de contemplar la vida de los ojos
Taciturnas pupilas
Meditando
Lo que mira
Melancolía la de los ojos untados tan abiertos
Unto con pluma de quetzal
Estos ojos
Relampagueando párpados
‒inflamados‒
Al mirar atrás el mar
Unto con plumas mis ojos de quetzal
‒abanico pronósticos‒
Confirmados
‒según caen‒
Las hojas
‒sagradas‒
Recordando soslayar
Olvidos y demoras
Unto mis ojos con Javier Heraud
‒abiertos‒
Al guardar
Al cerrar con miel
Sin pausa
Palpitan ojos sumerios
Diestros en danzas
Soliviantando sombras
‒con las manos‒
Debajo del mar
Agitando luces, agitando el aire, al grito de pájaros apenas
‒con rigor‒
Nevadas puntas de ballenas
En hoja de parra envuelto sin dudar
Abrigo resplandor
Lira tensada el arco
Deja ir abandonada la flecha dispuesta a no regresar
Código de escudos curtidos en sal, cilantro y al sol
Ardua tarea mirar benevolente la sombra de la mano que esquiva encubre
Los ojos palpando oscuridad
‒la del benéfico bosque‒
Áurea espiral untando galaxias en blanco pudor con miel
Ojos capaces de mirar apartados sin párpados desnudas praderas
Opacada memoria pasada, inmigrante, derivada al destierro en ultramar
Recordando lo necesario
Ojos limpios requiero
Brillante memoria
Erguida en incendios
Sombra ocular la de los ojos
Evidente arrullo de palmas
Mis ojos untados con sal
Caracoleando escorzos
Los pájaros cascadas
Saltan albores
Festejan fósforos
Cunden sonrisas en hilos de arena
Más finas que el aire
‒dedos entrelazados con sal‒
Mis ojos, mis ojos
Enardecidos miel del Gran Salar
Cascada de peces los párpados amotinados
Mueve obediente al viento la rama perfumada del jazmín
Hojas que no están
La tarde consiste en imaginar aire tibio alrededor
Pequeñas campanas cantando
‒con afecto‒
Nostalgia de mediodía endulzando el aire
Tan solícito el sol
Bajando en silencio el camino desde Ovara hacia la quebrada
Rojos y verdes dorados
Con el mismo gesto celebran la tarde a esta hora donde quietas las cosas
Las piedras en mullida foresta
‒pircas posibles‒
Montañas capaces, encubiertas, ellas las piedras tumbadas
‒una contra otra‒
Virtuosas al desmoronar
Verdes abrazos confundidos
‒rojas piedras‒
Memorias de volcán brotado
La fuente
Preciso instante
‒este mismo‒
En que llueven plumas las palomas
Piojos en los ojos
Hilvanando nómadas cataratas
En mullida foresta
Llorando lágrimas las hojas
Luego de reposar
Después de caer
Húmeda la tierra
Es lluvia la que llueve son pájaros las hojas
Las cascadas o el mar al desbordar
Coro de grillos enarbolados en un mayo de celebración
Claveles, crisantemos, hornos al hervir las miradas
La noche
Pausado palpitar.

