Liria Evangelista

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Liria Evangelista

Nació en Buenos Aires en 1961. Escritora, crítica literaria y profesora universitaria en Argentina y en Estados Unidos. En 1998 publicó Voices of the Survivors, testimony, mourning and memory in post-dictatorship Argentina (Garland Publishing, Nueva York), y en 2009 la novela La buena educación (El fin de la noche, Buenos Aires). Paradiso publicó en 2012 su primer libro de poemas, Una perra. En 2013, Borde Perdido Editora publicó en Córdoba Niña soviética. Está terminando un nuevo libro de poemas, Manual de marxismo leninismo.

* * *

así será:

cuando yo esté volviendo a la sombra perfecta que me hizo

a mi padre muerto

a la voz de paloma de mi madre

mis hijos se acercarán a mí me rodearán

como quien se despide de un animal querido

(hombres al fin) irán destazándome despacio

piernas tetas brazos labios de peluda oscuridad ombligo

matarifes de la carne más deseada más amada

carniceros

¿de qué festín seré manjar?

¿quién de mis hijos me comerá primero?

¿quién tendrá el premio en el reparto?

¿me lamerán los ojos? ¿me cortarán los párpados

con la puntita filosa de sus lenguas?

¿saborearán contentos su mendrugo su trofeo?

¿quién me chupará los dedos bañará con su saliva mis nudillos

hincará dientito en mis falanges?

¿cortarán el vientre? ¿separarán carne y piel

hasta encontrar la manzana incandescente?

¿la pegajosa bola de sangre que alguna vez fuera su cuna?

así será:

de mi quedará casi nada una carcasa un poco de carne desgarrada

las sobras de la fiesta

limpiarán mi sangre hasta dejar relucientes las paredes

mirarán con ternura mi osamenta

con delicadeza astillarán mi fémur mi pelvis mis huesitos

¿estos hijos míos irán por el mundo? ¿saciados de mí?

penitentes mendicantes ¿digerida la carne devorada?

agitando la campana de los frailes los leprosos los blasfemos

¿así irán?

embarcados en la nave de los locos de los idiotas

errando sin destino mercachifles

a los gritos ofreciendo a la mamita santa a la mamita muerta

¿vendiendo por dos mangos las reliquias?

(De Una perra.)

* * *

En mi infancia íbamos a un club que se llamaba Ausonia y que quedaba en las barrancas de San Isidro, entre el río y una vía muerta donde crecían campanillas violetas. No sé por qué nos íbamos tan lejos de Villa Urquiza, tan lejos de casa. Ausonia no tenía ni pileta de natación, ni bailes de carnaval, ni fútbol ni patín. Había una cancha de básquet tan rota que en las grietas del piso crecía la maleza. Había un metegol oxidado y un vestuario despintado y oloriento. Había una cancha de bochas. Había el sonido leve que hacían al deslizarse, buscándose. Y el estallido seco del golpe al bochín. Una canción muda: fssss. Toc. Fssss. Toc.

Hubo la huella de la zapatilla de mi viejo sobre la arena aplanada. La fugacidad de su brazo levantado, arrojando la bocha oscura. Y su sonrisa. Ahora creo que viajábamos desde Villa Urquiza hasta el río buscando esa canción y la sonrisa perdida de mi viejo.

Había en Ausonia un murallón de piedra gastada que daba al río. Los días de crecida nos sentábamos con los chicos a remojar las patas cansadas de jugar y a escuchar el ruido de las olas golpeando en la pared. Nos entreteníamos contando historias de miedo y de ahogados.

Si el calor apretaba, nos tirábamos al agua marrón. Buscábamos hacer pie en la frescura consoladora del fondo barroso. Jugábamos a salpicarnos. En mi recuerdo el agua iridiscente ahoga todo ruido. Me veo, nos veo, con el lomo oscuro y reluciente, como si fuéramos lagartos.

Cuando el río bajaba la playa se abría como una pampa. El agua, en su retirada, descubría botellas, monedas, fragmentos de objetos que brillaban al sol. Íbamos despacito, cegados por la luz, buscando los tesoros. En la arena marrón dormían como animales los camalotes que antes la corriente había arrastrado.

Como en un dibujo chino, los juncos le pintaban un contorno al aire. Se erguían, casi negros, en la quietud del barro. Algunas veces adivinamos entre las ramas la delicada forma de un ahogado. Un pie, una cabellera, un vientre alzado como una barcaza. Algunos se atrevían a acercarse. Yo nunca pude. Los que los habían visto de cerca hablaban de un resplandor azul de la piel, de la nariz comida por los peces.

Ausonia ya no existe y yo nunca quise volver para ver qué hay. ¿Cómo llegar desde Floresta hacia esa nada que ya no mira el río?

Me gusta cerrar los ojos para recordar lo que aún permanece en mi memoria, que no es mucho. Escuchar el recuerdo de las luciérnagas cruzando la noche. Hay una lista de nombres que ya no tienen rostro. A veces nos sentamos a evocarlos con mi madre.

Como dos lagartijas aún jóvenes, mi vieja y yo –que ya no vivimos en Urquiza– nos sentamos en un murallón que ya no existe para nombrar a los muertos. Hablamos y hablamos de nosotras como si ya hubiéramos muerto. Yo cierro los ojos y en mi memoria veo el cartel que alguien había pintado, a la entrada del club. Ausonia, dice. La U está un poco torcida, como si fuera una bahía, como si la hubiera alcanzado el oleaje empujándola hacia adentro, como si en su hondonada estuvieran pudriéndose al sol los cuerpos de todos nosotros, los ahogados.

(De Niña soviética.)

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