Edgar Morisoli

Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 Comentario

Edgar Morisoli

Nació en Acebal, Santa Fe, en 1930, y vive en Santa Rosa, La Pampa, desde 1956. Ha publicado veintiún libros de poesía en quince volúmenes. Entre ellos: Salmo bagual, 1959; Solar del viento, 1966; “Tierra que sé”, 1972; Obra callada (1974-1986), 1994; Bordona del otoño / Palabra de intemperie, 1998; Hasta aquí la canción, 1999; Tabla del náufrago, 2008; Porfiada luz, 2011; El Mito en armas o Anunciación de Castelli Inca, 2014. Es autor de numerosas canciones con música de compositores de La Pampa, San Luis, Córdoba y Neuquén. Han interpretado plásticamente su poesía, entre otros, los artistas María del Carmen Pérez Sola, Luis Trimano, Jorge Sánchez, Marta Arangoa, Raquel Pumilla, Dini Calderón, Alfredo Olivo, René Villanueva, Eugenia Lomazzi, Cristina Prado, Teresita López Lavoine, Paula Rivero, Osmar Sombra y Martín Viñes. En 1997 recibió el premio “Reconocimiento a los Creadores”, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y el premio “Testimonio” del Gobierno de la Provincia de La Pampa. Es socio fundador de la Asociación Pampeana de Escritores y pertenece a la Asociación de Poetas Argentinos.

Volver a América

al poeta Máximo Simpson

… para que no queden restos de la infame y vil familia de los Túpac Amaru.

Orden de la Corona de España al Visitador General Jorge Escobedo, septiembre de 1783).

A los ochenta años, y después de cuarenta de prisión por la causa de la Independencia, me hallo transportado de los abismos de la servidumbre a la atmósfera de la libertad, y por un nuevo aliento que me inspira, animado a mostrarme a esta generación como una víctima del despotismo.

Juan Bautista Túpac Amaru: El dilatado cautiverio…, Buenos Aires, 1825.

Yo, señor, al considerar la serie de mis trabajos, y que aún me conservo, aliento en mi pecho la esperanza lisonjera de respirar el aire de mi patria.

Carta de Juan Bautista Túpac Amaru a Simón Bolívar, 15 de mayo de 1825.

1

“–Volver a América. Más de cuarenta años han pasado:

años de cárcel, años de destierro,

años de humillación. Y por más que los godos

lo esperaban, lo ansiaban,

no morí en sus infectas mazmorras, en sus lóbregas

celdas, donde sufrí crujía de grillos y cadenas. Estoy

vivo, soy dueño de mi mente

y de mi corazón, aunque viejo y enfermo. Perder la libertad

incuba un mal sombrío, una lenta gangrena para el alma.

Pese a todo, regreso

a América. Pero no a mi Perú, no a Tungasuca,

ni a Surimana o Pampamarca. No al Cuzco,

sino a estos llanos abajeños, a esta ciudad

que no conozco, a un río cuyas márgenes

no se divisan entre sí.

Valientes de esta tierra

luchan aún contra los chapetones, en provincias

de arriba… ¿Qué suerte, qué ventura

deparará a mi vida, a lo que queda de mi vida,

esta ciudad? ¿Acaso Buenos Aires no es América?”

2

Llegaba del olvido. El suyo era

un nombre, una memoria que volvía

de otros días heroicos,

casta del cóndor, casta del relámpago,

bárbara cruz de potros en la muerte,

y luego el exterminio: la tenaz cacería

uno por uno hasta borrar la estirpe.

Traía un manuscrito de fuego. Un testimonio

de perfidia y crueldad: su duro pliego

de cargos contra España,

que escribió a contracara de la desdicha, en Ceuta,

y aquí alcanzó a imprimir: “El dilatado cautiverio bajo el gobierno español

de Juan Bautista Túpac Amaru.” ¿Quién relee esas páginas, ese decir mestizo

donde resuena un dejo a Siglo de Oro

e injertos vigorosos de habla andina? No hay odio,

no hay rencor. Solamente

una justa denuncia y aun más justa demanda,

noble dolor que no claudica en llanto.

(Murió en 1827. Sus restos

yacen en tumba anónima del cementerio de La Recoleta,

como tantos después…)

“¿Acaso Buenos Aires no es América?”

***

Un pañuelito

a Nora Bruccoleri, poeta y amiga.

La poesía no explica ni se explica.

Ella tan sólo canta,

y en el cantar desnuda la realidad del mundo

mentida por las máscaras,

renueva las antiguas melodías, la red

de sutiles respuestas y ecos mutuos entre las criaturas del coro de la vida,

a despecho del turbio sumidero en que acabe

esta sórdida ola de lucro y de dominio.

Si en verdad conocemos lo que amamos

–y vale la recíproca–,

conocer se nos vuelve casi siempre

reconocer.

(Lo que pasó muy cerca, a nuestro lado,

y no supimos ver o no alcanzamos

a medir con la vara del corazón, la vara fidedigna

con que todos nacemos,

pero no todos saben o se animan a usar.)

Vendrán otros cantores. Acaso el suyo sea

un tiempo de equidad y de aventura,

un ventanal al sol,

un árbol del que partan hacia todos los rumbos

las bandadas del sueño.

¿Se acordarán, entonces,

de aquéllos que cantaron en la tribulación, entre duras ausencias e ilusiones quemadas,

y que a pesar de todo

izaron

en el viento

no digo una bandera, pero sí un pañuelito de lúcida esperanza?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: