Affonso Romano

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Affonso Romano de Sant’Anna ha sido docente en su país y en el exterior (Francia, Alemania y Estados Unidos). Fue presidente de la Biblioteca Nacional en Río de Janeiro, en la que hizo una verdadera revolución creando el Sistema Nacional de Bibliotecas y el innovador Programa Nacional de Promoción de la Lectura (Proler). Trabajó como periodista en Jornal do Brasil y O Globo. Con la revista Poesia sempre generó diálogos entre la poesía latinoamericana en general y la brasileña. Ha publicado, entre muchos otros libros, Carlos Drummond de Andrade, análise da obra, Canibalismo Amoroso, Paródia, paráfrase e Cia, Barroco, alma do Brasil, La poesía de la poesía, El gran discurso del guaraní, El lado izquierdo de mi pecho y Lo hicimos así para resistir. Con nuestra querida Marina Colasanti, quien inaugurara nuestro I Festival de Poesía en 2012, publicó El imaginario para dos y Agosto 1991: Estábamos en Moscú.

* * *

Os homens amam a auerra

Não sei com que armas os homens lutarão

na Terceira Guerra,

mas na Quarta, será a pau e pedra.

Albert Einstein

Os homens amam a guerra. Por isso
se armam festivos em coro e cores
para o dúbio esporte da morte.

Amam e não disfarçam.
Alardeiam esse amor nas praças,
criam manuais e escolas,
alçando bandeiras e recolhendo caixões,
entoando slogans e sepultando canções.

Os homens amam a guerra. Mas não a amam
só com a coragem do atleta
e a empáfia militar, mas com a piedosa
voz do sacerdote, que antes do combate
serve a hóstia da morte.

Foi assim na Criméia e Tróia,
na Eritréia e Angola,
na Mongólia e Argélia,
no Saara e agora.

Os homens amam a guerra
E mal suportam a paz.

Os homens amam a guerra,
portanto,
não há perigo de paz.

Os homens amam a guerra, profana
ou santa, tanto faz.

Os homens têm a guerra como amante,
embora esposem a paz.

E que arroubos, meu Deus! nesse encontro voraz!
que prazeres! que uivos! que ais!
que sublimes perversões urdidas
na mortalha dos lençóis, lambuzando
a cama ou campo de batalha.

Durante séculos pensei
que a guerra fosse o desvio
e a paz a rota. Enganei-me. São paralelas
margens de um mesmo rio, a mão e a luva,
o pé e a bota. Mais que gêmeas
são xifópagas, par e ímpar, sorte e azar
são o ouroboro- cobra circular
eternamente a nos devorar.

A guerra não é um entreato.
É parte do espetáculo. E não é tragédia apenas
é comédia, real ou popular,
é algo melhor que circo:
‒é onde o alegre trapezista
vestido de kamikase
salta sem rede e suporte,
quebram-se todos os pratos
e o contorcionista se parte
no kamasutra da morte.

A guerra não é o avesso da paz.
É seu berço e seio complementar.
E o horror não é o inverso do belo
‒é seu par. Os homens amam o belo
mas gostam do horror na arte. O horror
não é escuro, é a contraparte da luz.
Lúcifer é Lubel, brilha como Gabriel
e o terror seduz.
Nada mais sedutor
que Cristo morto na cruz.

Portanto, a guerra não é só missa
que oficia o padre, ciência
que alucina o sábio, esporte
que fascina o forte. A guerra é arte.
E com o ardor dos vanguardistas
frequentamos a bienal do horror
e inauguramos a Bauhaus da morte.

Por isso, em cima da carniça não há urubu,
chacais, abutres, hienas.
Há lindas garças de alumínio, serenas,
num eletrônico balé.

Talvez fosse a dança da morte, patética.
Não é. É apenas outra lição de estética.
Daí que os soldados modernos
são como médico e engenheiro
e nenhum ministro da guerra
usa roupa de açougueiro.

Guerra é guerra!
dizia o invasor violento
violentando a freira no convento
Guerra é guerra!
dizia a estátua do almirante
com a boca de cimento.
Guerra é guerra!
dizemos no radar
desgustando o inimigo
ao norte do paladar.

Não é preciso disfarçar
o amor à guerra, com história de amor à pátria
e defesa do lar. Amamos a guerra
e a paz, em bigamia exemplar.
Eu, poeta moderno ou o eterno Baudelaire
eu e você, hypocrite lecteur,
mon semblable, mon frère.
Queremos a batalha, aviões em chamas
navios afundando, o espetacular confronto.

De manhã abrimos vísceras de peixes
com a ponta das baionetas
e ao som da culinária trombeta
enfiamos adagas em nossos porcos
e requintamos de medalha
‒os mortos sobre a mesa.

Se possível, a carne limpa, sem sangue.
Que o míssil silente lançado à distância
não respingue em nossa roupa.
Mas se for preciso um banho de sangue
‒como dizia Terêncio: ‒sou humano
e nada do que é humano me é estranho.

A morte e a guerra
não mais me pegam ao acaso.
Inscrevo sua dupla efígie na pedra
como se o dado de minha sorte
já não rolasse ao azar,
como se passasse do branco
ao preto e ao branco retornasse
sem nunca me sombrear.
Que venha a guerra! Cruel. Total.
O atômico clarim e a gênese do fim.
Cauto, como convém aos sábios,
primeiro bradarei contra esse fato.
Mas, voraz como convém à espécie,
ao ver que invadem meus quintais,
das folhas da bananeira inventarei
a ideológica bandeira e explodirei
o corpo do inimigo antes que ataque.
E se ele não atirar primeiro, aproveito
seu descuido de homem fraco, invado sua casa
realizando minha fome milenar de canibal
rugindo sob a máscara de homem.

‒Terrível é o teu discurso, poeta!
Escuto alguém falar.
Terrível o foi elaborar.
Agora me sinto livre.
A morte e a guerra
já não podem me alarmar.
Como Édipo perplexo
decifrei-a em minhas vísceras
antes que a dúbia esfinge
pudesse me devorar.

Nem cínico nem triste. Animal
humano, vou em marcha, danças, preces
para o grande carnaval.
Soldado, penitente, poeta
‒a paz e a guerra, a vida e a morte
me aguardam
‒num atômico funeral.

‒Acabará a espécie humana sobre a Terra?
Não. Hão de sobrar um novo Adão e Eva
a refazer o amor, e dois irmão:
‒Caim e Abel
‒a reinventar a guerra.

- - - - -

Versión en castellano de Nahuel Santana:

Los hombres aman la guerra

No sé con qué armas los hombres lucharán

en la Tercera Guerra,

pero en la Cuarta, será con palos y piedras.

Albert Einstein

Los hombres aman la guerra. Por eso

se arman alegres en coro y colores

para el dudoso deporte de la muerte.

Aman y no lo disfrazan.

Alardean ese amor en las plazas,

crean manuales y escuelas

alzando banderas y recogiendo cajones

entonando slogans y sepultando canciones.

Los hombres aman la guerra. Pero no la aman

sólo con el coraje del atleta

y el orgullo militar, sino con la piadosa

voz del sacerdote, que antes del combate

sirve la Hostia de la Muerte.

Fue así en Crimea y Troya

en Eritrea y Angola

en Mongolia y Argelia

en Siberia y Ahora.

Los hombres aman la guerra

y mal soportan la paz.

Los hombres aman la guerra, profana

o santa, lo mismo da.

Los hombres tienen la guerra como amante

aunque desposen la paz.

¡Y que arrobos, Dios mío! En ese encuentro voraz,

¡Qué placeres, qué gemidos, qué ayes!

Qué sublimes perversiones urdidas

en la mortaja de las sábanas, agostando

la cama o campo de batalla.

Durante siglos pensé

que la guerra sería el desvío

y la paz la ruta. Me equivoqué. Son paralelas,

márgenes de un mismo río, la mano y el guante,

el pie y la bota. Más que gemelas,

son siamesas, par e impar, suerte y pesar

son el uróboro-serpiente circular

devorándonos eternamente.

La guerra no es un intervalo

es parte del espectáculo, y no sólo es tragedia,

es comedia, real o popular.

La guerra no es cruel imprevisto.

Es reincidente vicio. Es un rito

lleno de riesgos. Por eso

es mejor que el circo:

‒es donde el alegre trapecista

vestido de kamikaze

salta sin red ni soporte,

se quiebran todos los platos

y el contorsionista se parte

en el Kamasutra de la Muerte.

Pero la guerra no es el revés de la paz,

es su cuna, y seno complementario.

Y el horror no es en el arte. El horror

no es oscuro, es la contrapartida de la luz,

Lucifer es Luzbel, brilla como Gabriel

y el terror seduce. Nada más seductor

que Cristo muerto en la cruz.

Por lo tanto, la guerra no es sólo misa

que oficia el sacerdote, ciencia

que alucina al sabio, deporte

que fascina al fuerte. La guerra es arte.

Por eso con ardor de vanguardistas

frecuentamos la Bienal del Horror

e inauguramos la Bauhaus de la Muerte.

Pero sobre la carnicería no hay cuervos,

chacales, buitres, hienas.

Hay lindas garzas de aluminio, serenas

en un electrónico ballet.

Tal vez fuese la danza de la muerte, patética.

Pero no lo es. Apenas es otra lección de estética.

Por eso los soldados modernos

son como médicos y ingenieros

y ningún ministro de guerra

usa ropa de carnicero.

Guerra es guerra

‒decía el invasor violento

violando a la monja en el convento.

Guerra es guerra

‒decía la estatua del almirante

con su boca de cemento.

Guerra es guerra

‒decimos en el radar

degustando al enemigo

al norte del paladar.

Por lo tanto, no es preciso disfrazar

el amor a la guerra, con historias de amor a la Patria

y defensa del hogar. Amamos la guerra

y la paz, en bigamia ejemplar.

Yo, poeta moderno y el eterno Baudelaire,

yo y hasta vos, hypocrite lecteur

mon semblable, mon frère.

Queremos la batalla, aviones en llamas

navíos hundiéndose, el espectacular enfrentamiento

de mañana abrimos vísceras de peces

con la punta de las bayonetas,

y al son del culinario clarín

hundimos nuestras dagas en los chanchos

y adornamos de medallas

a los muertos sobre la mesa.

Si es posible, la carne limpia, sin sangre

que el misil, lanzado a la distancia,

en silencio, no salpique nuestra ropa.

Pero si fuera preciso un “baño de sangre”,

como decía Terencio: “Soy humano

y nada de lo que es humano me es extraño”.

La muerte y la guerra, por lo tanto

ya no me agarran de sorpresa.

Inscribo su efigie en la piedra

como si el dado de mi suerte

ya no rodase al azar.

Como se pasase del blanco

al negro y al blanco retornase

sin ensombrecerme jamás.

Que venga la guerra. Cruel. Total.

El atómico clarín y la génesis del fin.

Cauto como conviene a los sabios,

primero gritaré contra ese hecho.

pero voraz, como conviene a la especie,

al ver que invaden mis huertas

de las hojas del banano inventaré

la ideológica bandera

y haré estallar el cuerpo de mi enemigo

antes de que ataque.

Y si él no tira, ni viene, aprovecho

su descuido de hombre débil, invado su casa

realizando mi hambre de caníbal

rugiendo bajo mi máscara de hombre.

‒¡Terrible es tu discurso, poeta!

Escucho a alguien decir.

Terrible fue elaborarlo,

ahora me siento libre.

La muerte y la guerra

ya no me pueden alarmar.

Como Edipo perplejo

las descifré en mis vísceras

antes que la dudosa esfinge

me pudiese devorar.

Ni cínico ni triste. Animal

humano, voy en marcha, danzas, rezos

para el gran carnaval.

Soldado, penitente, poeta

‒la paz y la guerra, la vida y la muerte

me aguardan

‒en un atómico funeral.

‒¿Se acabará la especie humana sobre la Tierra?

No. Han de sobrar un nuevo Adán y Eva

para rehacer el amor, y dos hermanos:

‒Caín y Abel ‒apara reinventar la guerra.

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