Osvaldo Aguirre
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 Comentario(1964) Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Integró el consejo de dirección del Diario de Poesía y, entre 2008 y 2012, el equipo curatorial del Festival Internacional de Poesía de Rosario. Es periodista y editor. Publicó novelas, libros de cuentos, investigaciones periodísticas, ensayo, entrevistas y crónicas, y estuvo a cargo de la edición de libros de Francisco Gandolfo, Felipe Aldana, Arturo Fruttero y Francisco Urondo, entre otros poetas, y de varias antologías, entre ellas Código urbano. Una antología de la nueva poesía de Rosario (2013). En poesía publicó Las vueltas del camino (Libros de Tierra Firme, 1992; Poesía argentina, ebook, 2013), Al fuego (Libros de Tierra Firme, 1994), El General (Melusina, 2000), Ningún nombre (Dársena 3, 2005), Lengua natal (En Danza, 2007), Tierra en el aire (Gog y Magog, 2010) y Campo Albornoz (Hum, 2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (Iván Rosado, 2014). Además publicó dos libros de entrevistas con poetas, Hablados por la poesía (Espacio Hudson, 2011) y La poesía en estado de pregunta (Gog y Magog, 2014), y un volumen donde compiló ensayos, artículos y reseñas sobre poesía, La tradición de los marginales (Ediciones UNL, 2013). Foto: Clara Muschietti.
* * *
Estás de pie
en la mañana
de septiembre
en que el viento
aleja las nubes
que oscurecían
el cielo.
Estás de pie,
con esa señora
que apila ladrillos
en la ventana
de su pieza
y otra que recibe
a visitas ajenas
con la sonrisa
de oreja a oreja
de la alucinación
senil. Muy bien,
una mujer se desvive
como una bestia,
cría a sus hijos,
cuida una casa
y resulta que un día
despierta
rodeada de extraños,
como si la vida entera
hubiera sido un sueño.
Vas tan despacio
ahora en la tierra
regada por el tractor
que sale a la siesta
de ronda por las calles
ahogadas de polvo
y al rayo del sol
que en la otra cuadra
un lote sembrado fulgura
como un horizonte remoto,
inalcanzable.
Pero qué apuro hay,
si la mañana
viene a componer
lo que la noche hizo
de miedo y de sombra,
y estás de pie,
mientras el mundo
se desmorona.
* * *
En la quinta,
cuando fuimos a ver
al espantapájaros
que cuidaba
un par de almácigos,
abrigado con una camisa
de mangas largas,
se acercó el caballo,
al trote, contento
de tener visitas.
Ese fue el momento
que eligió la liebre,
porque estaba a medio
camino, y no podía salir
directamente al campo,
tenía que pasar, sí
o sí, por nuestro lugar.
Nunca lo había visto
tan manso, el caballo
se dejaba acariciar,
levantaba la cabeza
cuando le tocábamos
la crin pero enseguida
se confiaba, y qué risa
los remiendos en la ropa
del espantapájaros,
qué plato nos hacíamos
con la tela apolillada
y casi al paso,
en puntas de pie,
como si nos hiciera
burla,
la liebre pasó tan cerca
que hubiéramos
podido tocarla en caso
de estar despiertos.
Y nos quisimos
acordar, pero ya corría,
corría hacia el horizonte,
la veíamos al alcance
de la mano pero ya corría,
corría en el campo
como algo que escapaba
para siempre y solo
podríamos guardar
como lo que habíamos
perdido esa siesta
en que el viento
anudaba la camisa
vieja a los palos
del espantapájaros.

