Roberto Malatesta

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Roberto Malatesta

(Santa Fe, 1961) Ha publicado Las vacas y otros poemas (1994, ediciones delanada, Premio Municipal de Santa Fe); Por encima de los techos (2003, revista El arca del sur; 2004, Leviatán; 2011, junto a su libro Del cuidado de la altura del níspero; 2012, UNL. Premio Pedroni); Cuaderno del no hacer nada (2009, Sigamos Enamoradas); La nada que nos viste (2010, Premio José Pedroni); la antología El silencio iluminado (2011, Leviatán);

La estrella roja y otros poemas (2014, Leviatán). Integra las antologías Señales de la nueva poesía argentina (Gijón, 2004), Voix d’Argentine (2009, Le temps des Cerises - Ecrits des Forges - Leviatán, Quebec), Poetas 2 - Autores argentinos de fin de siglo (1999, Ediciones Desde la Gente) y Cuestión de luz. Diecisiete poetas argentinos (2013, Huesos de Jibia). en En la ciudad de Santa Fe coordina el taller literario del Sindicato de Luz y Fuerza y colabora en el diario “El Litoral”.

* * *

Tarde ancestral

Era una tarde tórrida de tormenta inminente.

El viento circulaba por el polvo

de la calle de tierra.

Una loca alegría se apoderó de mí.

Comencé a revolcarme en esa calle.

Yo era un chico de miles de años de antigüedad,

Yo estaba en la tormenta, en el polvo, en el viento,

Dios estaba conmigo,

y en mí el mundo vibraba recién hecho.

La vecina me vio

y no dudó en contárselo a mi madre.

Mi madre hizo lo suyo, lo que creyó más justo.

¿Qué argumento exponer en mi propia defensa?

Yo era inocente, yo era un iniciado.

* * *

Un hombre escribe la palabra gramilla

La sabe una palabra a punto de extinción,

una palabra dulce, “i” entre dos “a”: sonora.

Pero el mundo es punzante, eléctrico y opaco,

expulsa los vocablos de escaso pragmatismo.

En un mundo que apuesta al cemento y al plástico,

a la asepsia del césped, al espacio virtual,

quién dejará crecer esta palabra inútil,

desnudará su pie en su mullida especie.

Un hombre escribe y a sí mismo se consuela,

reúne la mañana en su palabra agreste,

consciente de que nace y muere en su cuaderno.

Sabe que cuida un mínimo jardín significante.

En el centro de un orbe que avanza y se devora,

cultiva los catorce versos de su palabra.

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