Gustavo de la Arada

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Gustavo de la Arada

(Rancul, La Pampa, 1972) Estudió Ciencias de la comunicación y Lengua y literatura en la Universidad Nacional de Río Cuarto, donde reside y donde ha trabajado en medios radiales y gráficos. Entre 2002 y 2005 vivió España e Italia, donde realizó tareas periodísticas para movimientos sociales vinculados con la defensa de los derechos humanos. Algunos de sus cuentos se han publicado en la sección “La ciudad ficcional” del diario Puntal. Como Willy Rancul firmó Sinco relatos, narraciones en órbita (2002, Imprenta de la Municipalidad de Río Cuarto). Como Rudyard Killing firmó Panic attack (cuentos, 2006, Cartografías) y la novela Criaturas del furor (2010, Cartografías). Ha escrito también numerosos poemas, buena parte de ellos firmada como John Dos Pesos. Tiene una novela inédita.

* * *

Riego

Llueve al fin sobre las cosas.

Sobre mi auto con cagadas de palomas.

Sobre los árboles donde las palomas duermen.

Desde la noche que no afloja llueve tarde y

no huele a que llueve. Aguacero inventado

con cuchillas cortando el aire del campo

por donde llovió la sal, que en la tierra se disuelve,

borra la huella del embrujo.

Llueve y no hace mella en la sequía

como huella de un destino oscuro.

De un desierto que no afloja bajo el manto de la noche.

Y la sed bajo esta sucia luz acrecienta el desacierto,

el encierro, la proximidad de las paredes húmedas,

agobiante como el concepto de una libertad tan pobre.

La idea de una felicidad insulsa que se compra bajo un sol

canalizado hacia los pobres y los perdedores

palidece con la noche.

Me concentro en lo que se mantiene seco,

como los diamantes.

Hay pétalos que no se mojan,

albergan gotas, las deslizan hacia lo permeable.

Mi cabeza progre, de tierra, todo lo absorbe.

* * *

Aludes

Está la voz en el viento. Desde adentro

observo cómo se tuercen las cosas. La basura

gira en remolinos, eleva imágenes caídas

de los árboles del sueño. Postales de la edad

en que mirábamos el sol a los ojos.

La tierra vuela el tiempo le despeina las hojas.

La muerte no cabe en este lugar.

La dejamos atrás con el viento,

la fe en el tiempo, la curiosidad perenne

apenas despeinada por el soplo de la duda.

La razón de los que afuera se enarbolan

deja caracteres de ansiedad,

dicta los patrones de idiotez viral

que los disfraces cuelgan.

La fe vuela con la tierra.

A un costado de mi templo

crece el mundo en un supermercado nuevo.

Llueve.

La humedad silencia los metales,

endurece la ceniza.

Con texturas de una obstinación violenta

el mundo afina su voracidad.

Las gentes vienen con sus dientes afilados,

les vendo engaños que se desvanecen,

les estallan como el presente entre las manos.

Me pagan con sus miserias, yo las encajo

en cuerdas destempladas.

No hay canción

que nos redima, dice la canción

con que afilo mis dientes.

Voy a morder las máquinas del mundo,

a chupar sus góndolas hasta hacerlo acabar.

Y no habrá más postales que leyendas tibias a la hora del fuego,

la mitología de una edad entre frutales, un árbol olvidado,

la estrella perdida de los desterrados

y las doce patas del verbo

reduciendo a imagen el signo de los tiempos.

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