Daiana Henderson
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 Comentario(Paraná, Entre Ríos, 1988) Publicó los libros de poesía Colectivo maquinario (Diatriba, Santa Fe, 2011), Verao (Neutrinos, La Paz, 2012), El gran dorado (Ivan Rosado, Rosario, 2012), Un foquito en medio del campo (Editorial Municipal de Rosario, 2013) y el e-pub A través del liso (Determinado Rumor, 2013). Compiló las antologías 30.30 poesía argentina del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario, 2013), junto a Francisco Bitar y Gervasio Monchietti; 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario, 2014), junto a Bernardo Orge y Daniel García Helder; y 40 velocidades. Colección de poemas en bicicleta (Neutrinos, 2014), junto a Cristhian Monti.
* * *
Y era ir todos apretados en el auto,
como esa vez, llegando tarde a la cena de navidad.
En el asiento de atrás vamos yo, mis hermanos
y la abuela lleva a upa a uno de los primos,
en ese entonces el más chico en edad y tamaño.
Ella se agarra del respaldo delantero
para mantener rígido el cuerpo en la curva,
mi primo enfoca la vista en su mano pulposa,
me señala el relieve de las venas y me dice
“a la abuela se le ven los cables”.
Después, por una cuestión de ecología,
la abuela se muere, para que entremos
más cómodos, y el abuelo que va del lado
del acompañante tira el asiento hacia atrás,
estira las piernas.
Papá escucha indicaciones cruzadas
en una ciudad que conoce de memoria,
mamá tiene otro recorrido
pero llegan al mismo punto y por eso
nunca se divorcian.
Los hijos atrás como en los veraneos,
donde había que pelear para respirar por la ventanilla,
aburrirse hasta el hartazgo, comer sánguches
con mayonesa caliente, dosificar el jugo del bidón (eh,
no te lo tomes todo) esquivar piñas y soportar
un hermano durante todo el viaje escandirte
un octosílabo: To/co el /ai/
re y /no/ te /to/co.
To/co el /ai/re y /no/ te /to/co.
Pero mis hermanos aprenden a manejar,
de vez en cuando se turnan para que mi viejo descanse,
los roles cambian, uno se casa, el otro
se embaraza, el otro se va a vivir a las sierras.
Van subiendo a otros autos, recién comprados,
usados, con olor a nuevo.
Y se bajan en ciudades que desconozco.
Ahora voy viajando sola y cada vez que despierto
tengo miedo de haberme quedado dormida,
haber perdido la estación, o tomado
el colectivo equivocado.
Entonces me acurruco contra la ventana,
por la hendija entra el temor, le pido a los dioses
de mi familia lo que después de tantos años
de invertir en ellos me correspondería por herencia:
protección protección protección.
* * *
Vi nevar, en Rosario, y con sol
A ver si alguien entiende lo que digo.
Estábamos en el primer piso de un
estacionamiento. Nos bajamos, encastrando
las manos en los huecos de la ropa.
Un señor pasó muy cerca con su auto,
dijo algo que sonó como que
estaba nevando en Fisherton,
dijimos “¿qué dijo?”, “este tipo está loco”,
miramos afuera y los copos perfectos
descendían sobre los parabrisas, fue como una
redención y me acordé de tantos libros
y de tantas películas. Quise llamar
a todos por teléfono, decirles que los amo.
Necesito algo que me haga concha el corazón.
Como cuando se te pega una canción espantosa
y necesitás otra pegadiza para reemplazar
esa pieza en tu cerebro automático.
Necesito algo que me destruya.

