Juan Revol
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 Comentario
(Córdoba, 1993) Publicó las novelas En busca de la Raf (Comunicarte, 2006), El oro de las sombras (El Emporio, 2008) y Cuásar (Borde Perdido, 2014), y el libro de poemas Shinigami (A.t.e.o., 2013). Es cotraductor del portugués al español de los libros de la colección Mar de Capitu (La Sofía Cartonera, 2014), y del élfico al español de la Farmacopedia Feérica Consensuada (Edición Facsímil) (Bacstrom, 2014).
* * *
Querido Tonchi:
Anoche entré al vagón abandonado.
No había ningún vago.
El mundo sigue vaciándose:
donde vendían revistas porno
cerca de la escuela
ahora sólo hay
una tienda de deportes.
Y el mundo sigue vaciándose:
hace unos años
guardé el tiempo entero plegado
en una caja de chicles Ouch.
Hoy la abrí
y lo único que quedó
es un poco de perfume
a sandía artificial.
Mientras tengamos esa manía
de postergar el suicidio
y de inventar interrupciones
cada vez que estamos
por jugar a la Ouija
el mundo va a seguir vaciándose.
No es que me moleste,
el problema es otro.
El problema son esos instantes.
Los instantes felices y perversos
donde se puede ser todo
por no estar siendo nada.
A veces tienen
la nitidez de la muerte,
un nivel de realidad
insoportable.
Qué importa la teoría entonces
si lo real se puede sostener
en un caleidoscopio,
si se puede escribir
como si fuera el primer y el último hombre
escribiendo por primera y última
y única vez.
El problema son esos instantes.
Como por ejemplo ayer.
Después de salir del vagón
el viento hizo temblar algunas hojas
y el frío fue dimensión
que atravesó toda la noche.
Un perro ladró a lo lejos
y un mosquito me zumbó al lado.
La naturaleza formó un ringtone perfecto,
pero no quise atender.
Ya sé que vas a decir
que soy un negro cagón,
pero ese ringtone sonó
como si del otro lado estuviera alguien
vendiendo un para siempre.
No necesito tanto tiempo.
Lo único que quiero
es que volver de esos instantes
no sea tan complicado.
Que no duela tanto.
Que el universo se rompa entero
de una buena vez.
PD: Si querés venite a casa
a jugar a la Play.
* * *
Jikininki
Cuando mi tío era joven
en uno de sus viajes
encontró el esqueleto
de un duende acuático.
Lo encontró en una isla:
las costillas adheridas
a una piedra del mar;
el cráneo haciendo equilibrio,
perfecto bajo el sol,
tentando a las gaviotas
y a los chicos que juntan caracoles.
Pudo llevarse la cabeza.
Con hidróxido de potasio
la aisló del tiempo
donde se discute
la lengua secreta
de la putrefacción.
En esa época,
mi tío era un estudiante de medicina
aplicado, prolijo y sensato.
Tocaba el violín
con el mismo cariño
y la misma constancia
que abría cuerpos en la morgue.
El arco y el bisturí
le crecían
las líneas de la mano,
lo obligaban a existir
más atrás de él
en la música y los muertos
y una única disciplina
que le trajo amigos,
un título,
una buena esposa,
un hijo rubio y hermoso
y algo de plata.
Sin embargo,
a veces,
mi tío hablaba
de un sapo gris.
Un anfibio oscuro
que siempre está,
una sombra densa
acumulada
en el fondo de su estómago.
Podés torcer la dirección
cada vez que mirás el sol,
podés retardarte en los jueguitos
de esta respiración urbana;
pero el sapo siempre está.
Somos como lagunas,
y vive ahí.
Al fondo.
Adentro.
A veces sale.
Todo esto le decía
mi tío a mi abuelo,
pero mi abuelo contestaba
que lo importante era trabajar
y dejarse de pelotudear.
A los cuarenta
mi tío se terminó de acomodar
al accidente de vivir.
Guardó el cráneo del duende
en una lata
de té de rooibobs
y se prometió verlo
sólo una vez al año.
El día de su cumpleaños,
para retener
hasta el final
los detalles torpes
de la frenología feérica:
las branquias tajando
los maxilares agudos
y los ojos vacíos
sobre el fondo de hueso.
Cuando él tenía
casi cincuenta,
nací yo.
A mi tío lo quiero:
con Wagner me enseñó
lo hermoso que es el miedo,
siempre tiene un chocolate
en el bolsillo
y una navidad me regaló
las cartas de Kafka a Milena.
Me dijo que por más
que uno escriba mucho
a veces las chicas
no dan bola.
A mi tío lo quiero,
pero ahora no está bien.
Voy a verlo al hospital.
Sobre la cama le cuelga
un shinigami burlón,
en los ojos sostiene
un gesto tan definitivo
que envejece los muebles,
la puerta, la ventana.
Hace que la ventana
se abra a una única estación
donde la gente del patio
es una raza de silencios
y el cielo los raspa
buscando un premio resignado.
¿Cómo estás, tío?
Bien, la máquina me duele,
dice señalando el tubo con suero,
y el sapo gris vuelve a salir.
Siempre estuvo, en realidad.
Siempre forcé el enigma
hasta que el asesino fuera
lo único que aprendí a señalar.
Seguí insistiendo en existir
por más que la bufanda
que me guardaba del frío
me ahorcó hace bastante.
Pero el sapo siempre estuvo.
¿Querés saber algo?
Bueno, le digo,
y miro al shinigami
riéndose de nosotros.
No busques más:
lo que necesitás
no está ni arriba
ni abajo,
porque lo que necesitás
no existe.
Está bien, tío.
Cuando te vayas de acá
andá a mi casa,
abrí el tercer cajón
de mi cómoda
y sacá de ahí
una lata de té.
Traémela.
Busco la lata
y se la llevo.
Acá esta el cráneo
de un duende acuático,
dice mientras la abre.
Te lo regalo.
Pero cuando lo levanta
el hueso se convierte en té,
hojas de roiboobs rompiéndose.
Un final entre las manos.
Necesito tiempo.
Puedo encargarme
del shinigami.
También del sapo.
No te mueras, tío.
No todavía.

