Jorge Ariel Madrazo
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 ComentarioJorge Ariel Madrazo
(Buenos Aires, 26/08/2025 - 21/03/2026) Poeta, narrador y periodista. Los poemarios más recientes: De vos/De toi (ed. bilingüe, París, 2014), Lo Invisible (Buenos Aires, 2015), la antología personal Alma que has de vivir (Ed. Summa, Lima) y Poemas de ángel caído (Ed. Caletita, México). A publicarse: Frente a tu balcón (Ediciones El Ángel, Ecuador). Premio Rosa de Cobre a la Trayectoria - Biblioteca Nacional. [Festival de Poesía de Córdoba 2016]
* * *
Cómo havelock ellis conoció el amor
Al gran sexólogo que, según propia confesión,
sólo aprendió a amar en su alta edad.
Sólo un niño de Surrey, acunado en el oscuro pánico
de la reina Victoria, robando huracanes
en la proa del velero Empress.
Ese era el Havelock de celestes lagunas,
es decir: ojos, iguanas, que alumbraban sus bífidas
lenguas, sus ominosas poluciones nocturnas,
tan nocturnas como el sol del puerto
delirado por el velero de su padre y por
raros fantasmas sudamericanos.
Pero cuando Havelock adolesció y se adultó
sin jamás jamás
adulterar la lluvia de sus ojos,
danzó platónicos amoríos llamados
agnes
olive
may
Mirábanse bellos y desnudos, como aves
incapaces de volar.
Y así Havelock se casó sin casi saber del sexo
más que el niñito del velero Empress
y conoció a Hilda Doolittle quien era
un gran pájaro blanco al borde
de un acantilado.
Y cuando Havelock fue ya un viejo y
lo amaban todas las mujeres del mundo
Françoise Delisle le reveló un mundo jadeante
entre sus piernas.
Y Havelock Ellis escribió los más bellos tratados
sobre el amor
con el estremecido júbilo sombrío del
hombre que en la noche, a punto de morir,
desde su ventana descubre,
llorando,
la última estrella del universo.
* * *
En la noche
En esta noche que aún no existe
(acaso vaya a suceder mañana)
desde
el callejón malamente iluminado
por
una única jadeante intranquila
luz
desde un hueco del tiempo
tapizado de truenos
avanzan, uno a
uno
lerdos, distrayéndose
por cualquier bobada,
parecidos a
párvulos:
tus muertos.
Créense, tus muertitos,
tan vivientes
¿Cómo avisarles
del error?
Tía Teresa, anciana, enciende
dorado velador de opalina,
radio vecina esparce su
espectral teatro del aire y
Madre niña empeñada en bordar
aquella erguida, alerta garza en
punto cruz
Y estará al caer, con la balanza
que llamabas “romana”
el turco, gran visir de vidrios y
botellas.
Y Padre aún no regresó de ese enigma:
la “oficina”
Vuelven a la carrera Maya, Selva,
compañeras
15 años abrazándote en ideal en
amor en rojas llamaradas en
el ejército del Ebro que
una tarde el río cruzó
ay Carmela y ay y
el cantar sube la cuesta
Pero ¿por qué
está de pronto todo
tan silencioso
hoy? ¿Tan
borrosa la consabida
huella?
¿Y nadie te responde?
¿Y todos los mayores
faltaron hoy
a clase, en esta
rara noche
que (quién sabe)
sucederá mañana?
Anoche visité amigos muertos:
descansan (quién diría)
todo su no-tiempo
en jardines cuyos ramos cobijan poemas
y citrus de ignota acidez.
Estaban trajeados y alegres, tanto que me hallé
confesando: ‒No hubiera jamás creído
Edgar, Francisco, Antonio,
jamás pensé
Gianni, Joaquín, Enrique, Alberto,
Horacio, Celia,
hallarlos tan contentos
como si fuese un suspirito vuestro
transcurrir.
Conversamos sobre bares y dragones, y
amores frutecidos en remotos hoteles y
parques con nudillos de niebla. Mateando,
sonreídos, me despidieron con un fulgor
que no olvidaré.
Se escondía en sus miradas el color de una
verdad. Y había en sus labios
una revelación.
(A Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Antonio Aliberti,
Gianni Siccardi, Joaquín Giannuzzi, Enrique Puccia,
Enrique Molina, Alberto Vanasco, Horacio Castillo, Celia Gourinski)
Aquella lumbre por lienzos
opacada, de un evanescente resplandor rubí
‒por favor, compréndanlo, les hablo
no de alegre ventana, y sí de otra
enfrentada a mi espionaje vergonzante,
donde ya mismo tal vez algún enfermo
sin un átomo de fuerzas, ejecute
la agonía que ni alcanzó a ensayar‒
en esa roja luminaria o dormitorio
tan irreal como el apenumbrado
declinar de alguna turbia frente
¿no seré yo acaso el desolado huésped
que allí muere y la agüita se escapa de sus
ojos en tanto aquí, no lejos, con lógico estupor,
desde mi balcón yo lo espío y me espío
y me aferro a mi silla con pálidos nudillos
y me siento tan sano en esta blanca noche?

