Jorge Villegas
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 ComentarioJorge Villegas
Dramaturgo y director teatral, generalmente dirige sus propias obras aunque ciertos momentos de lucidez aún conserva, ya que a veces elige otros autores ‒acierto notable que habla de la no tan peligrosa relación artista-whisky‒, lo que mejora su trabajo notablemente. No obstante, ha publicado un libro con cinco de sus obras (Operativo Pindapoy, KYS, Retrato de un hombre invisible, El errante y Man in Chat: Incompleto, Recovecos, 2012). Dirige el grupo Zeppelin Teatro, colectivo que cumplió veinte años con la escena el pasado 2015 y que tenía el lema Teatro, Poesía y Lucha de Calles. Organiza el Festival de Teatro y Derechos Humanos Escena y Memoria desde hace ocho años: teatro y poesía en ex centros clandestinos de detención. (Foto: Susana Pérez) [Festival de Poesía de Córdoba 2016]
* * *
La muerte de Facundo Quiroga. Córdoba. Verano de 1835. Mi nombre es Santos Pérez. Soy un gaucho valiente y corajudo. Capitán del ejército a veces, otras veces organizador de grupos de tareas. Analfabeto, o sea no sé leer ni escribir pero puedo, sin embargo, seguir un grupo de hombres a caballo desde Córdoba hasta Chile, y sé –por sus huellas, las humanas y la de los caballos– cuántos son, cómo son, si están cansados o no. Cuántos hombres viajan, cuántas mujeres. Cuántos de ellos van montados y cuántos sólo llevan carga. También puedo decirle con certeza cuántas mulas van con ellos si es que las llevan. Pero no es de ciencia leer letras extrañas en la tierra. Ah. Y miro el cielo y adivino el futuro. Sé que en un rato mataré a un hombre que se convierte en tigre. He oído el relato de gauchos que vieron a capiangos perseguir y cazar soldadezca. Hay versos en las pulperías para ellos. Oigo las ruedas de la galera venir de ese ojo de agua. Somos treinta hombres. Todos con trabuco y facón. Son hombres de campo. Degüellan niños. Animales primero, luego hombres, y no sueñan con ellos. No tienen pesadillas, remordimientos. La pesadilla es vivir. Vivir entre la guerra permanente y la miseria. De gurises su único juguete fueron las víboras y todos tienen más cicatrices que venas en el cuerpo. Pero aún así tiemblan. Si pudieran huir lo harían. Son mercenarios pero tiemblan. Saben que si huyen yo los mataré tarde o temprano. Oímos todos a lo lejos el extraño ruido del carruaje que trae en su interior un semidiós más respetado que el mismo diablo. O será el diablo. Quizá ese ruido que hacen las crujientes maderas, las ruedas y los caballos, sea imaginadio por nuestro miedo y sea el ruido de las alas de Pegaso donde en su mitológico lomo cabalga Facundo Quiroga. El hombre tigre. El dueño del monte. Fin parte uno. La muerte de Quiroga.
* * *
La muerte de Quiroga. Parte dos. Mi nombre es Facundo Quiroga. Tengo el pelo castaño pero la historia argentina dirá que lo tengo oscuro. Soy hijo del estanciero José Prudencio Quiroga pero la historia negará esto. Fui a la escuela, leo y escribo. También negarán eso. Nací en San Juan. San Juan de Los Llanos, un pequeño pueblo de La Rioja, de la que seré su Gobernador. A los catorce años era un gaucho hecho y derecho. Conocí personalmente al General San Martín. Fui granadero. Orgullo San Martín. Le enseñé a usar el facón al estilo gaucho argentino. Él lo sabía pero a la turca. Gracias granadero, me dijo, San Martín. Estoy volviendo de Tucumán, donde asesinaron al gobernador de Salta y Heredia, el tucumano Heredia, estaba por entrar a guerrear con el muerto. Vaya, viaje hasta el norte. Usted es el único que puede detener esa guerra fratricida. Cuídese. Usted es mi hermano. No lo olvide. Cuídese. Eso me dijo mi amigo y hermano Rosas. Estoy en una galera volviendo. Yendo para Córdoba. Los rumores de mi asesinato son muchos. Sé hasta el nombre de quien me matará. Pero no tengo miedo. Viajo acompañado de mi soberbia y de mi historia personal. Cumplí cuarenta y cinco años y el reuma me impide moverme como antes. Ahora a veces parezco un viejo. Cuando la partida salga a mi encuentro en Barranca Yaco, provincia de Córdoba, les hablaré. Estoy seguro de que ellos me escoltarán hasta Buenos Aires. Soy inmortal.
* * *
La muerte de Quiroga. Parte tres. Fin de la saga. La galera está próxima. Mis hombres están listos. Ahora la muerte. La muerte y sus voces. La muerte y la adrenalina. La muerte y la responsabilidad de la muerte. Por mi parte percibo los nervios de mi comitiva. Ortiz tiembla. El negro que nos hace de guardia entre postas tiembla. El postillón también. Hay un niño que será degollado y está entre nosotros. Es el hijo del postillón. Tiembla. Entraremos después de la curva en Barranca Yaco. Ya doblan. Los caballos parecen entender la situación. No se mueven. La galera dobla la curva. Viene a toda velocidad. Hago la señal. Salen mis hombres. Mercenarios que ganarán unos pesos para la taba, la ginebra y la doma. A mí la historia me olvidará. Nada puede compararse en estas secas tierras. Él es inmortal pero igual lo mataré. Allá vienen. Es una partida de veinticinco hombres. Nos hacen detener. No llevé escolta porque no tengo miedo. Todo gaucho que se precie de tal que apunte y dispare sobre Quiroga. Quién es el jefe de la partida. Qué significa esto. Un hombre que monta un pardo se acerca, parece un bandido. Sin embargo es un capitán del Ejército. Del Ejército argentino. Toma un trabuco y me dispara. La bala me da en el ojo izquierdo. Muero en ese instante. No obstante una turba de cinco hombres se lanza sobre la galera. Nos degüellan a todos. A degüello grito. A degüello. Los cuerpos con sus cabezas colgando de un colgajo son arrastrados a la vera del gris camino. Hay sangre por todas partes. Los caballos de la diligencia están muertos del miedo. Borren las huellas y tapen con tierra la sangre. Tengo una cuadrera en dos horas. Seré juez de rayas. Allí estaré imperturbable. La vida no puede haber sido sólo eso. Un disparo y el fin. Estoy muerto. Muerto y sin cabeza. Tirado como un perro al costado del camino real. Rosas fusilará a los asesinos. Él, el buen argentino, me vengará. Yo estaré allí ese día cuando los fusilen y expongan sus cuerpos ensangrentados en la plaza de la Victoria en Buenos Aires. Iré montado en un caballo alado y tras el ajusticiamiento desplegaré las alas de mi Pegaso y volveré a Los Llanos. A los llanos de la Rioja. Allí me quedaré para siempre. Yo. Facundo Quiroga, el que le enseñó a usar el facón gaucho a San Martín. Yo. El inmortal. Justo es decir que antes de ser fusilado Santos Pérez, el sicario, gritará “Rosas es el asesino, Rosas es el asesino, Rosas…”, hasta que las balas lo callaron.
(De la obra teatral Maten a Rosas.)

