Alberto Muñoz

Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 Comentario

(Buenos Aires, 1951) Poeta, músico, dramaturgo, guionista y psicólogo. Considerado un artista de culto, creador de un estilo personal que entrama la poesía con la música y el teatro. Su dramaturgia está regida por un concepto estético que ha denominado “teatro para el oído”, donde el universo auditivo deviene en espacio escénico. Su trayectoria musical abarca trabajos como solista, duetos, orquestas circenses, música de cámara y óperas. Produjo una obra poética que ha sido traducida a varios idiomas. Es un reconocido guionista de TV y de cine documental argentino, con premios en ambos ámbitos. [Festival de Poesía de Córdoba 2016]

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Amelia

A mi madre, experta en belleza.

No haber nacido doctor como nacían en tu razón los hijos, haber preferido el río a tu debido campo de alazanes y mantas, oír mejor el crujido de los muelles que la madera hablada del violín.
Tu pequeño estado de la gracia ha derivado en las locas amadas, ¡Oh, madre!
Ahora que estás en el frío reinado de las momias, necesito entrar por un vendaje a un filo de tu amada cabeza y pedir otra vez que digas a los carros que he nacido, que sepa la luna de los campos de Tres Lomas que mido un metro sesenta y cuatro y que llevo las cejas de quien te amó.
¡Oh, madre!, ¿te acuerdas de mí? Soy el de barba.

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San Jorge y el destino

Como si dijera que voy de vuelo de la carne…
San Juan de la Cruz

Una prima tenía la costumbre de desnudarse cuando yo miraba su desnudo.
Quitaba los breteles, que eran cintitas parecidas a los ojos de los peces. En una pared próxima a su cuerpo que ya era de todos, estaba el retrato de San Jorge luchando con el dragón.
San Jorge no podía ensartar la lanza en el corazón del bicho, porque mi prima deslizaba su enagua hasta la cintura. El dragón echaba fuego por mi boca y una de sus patas destrozó el vidrio del retrato.
Yo simulaba dormir y mi prima soñar.

San Jorge se metió en mi cama tapándose hasta las orejas: “Tiene pecas”, me dijo al oído.
Ya éramos dos. Ya éramos los hombres. Ya eran un niño y un santo quienes veían caer la enagua en los tobillos.
Increíblemente, el dragón también se aposentó entre las cobijas. Ya éramos tres. Ya éramos el niño el santo y la bestia. Las sábanas se mancharon con la sangre del animal, y la prima, tomando la lanza de San Jorge, entró en el retrato llevándose los vidrios.

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