Roberto Videla
Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 0 ComentarioRoberto Videla
(General Alvear, Mendoza, 1948) Licenciado en Cine, actor, director, dramaturgo, escritor. Fue integrante del Libre Teatro Libre, de Psico/Cine, del grupo La Ciotola (Verona, Italia), del Proyecto Stanislavski (Pontedera, Italia). Fue director en Córdoba del Taller Teatral del IEC, del grupo Fra Noi (Colonia Caroya), del Taller del Hospital Neuropsiquiátrico, de El Cuenco Teatro. Docente en la UNC, reconoce como maestros a María Escudero, a sus compañeros del LTL, a Bonona Larrauri, Clara de Espeja, Marisa Fabbri, Rena Mirecka, Ryszard Cieslak. Sus filmes fueron Imago, El sitio, del grupo Psico/Cine, y Noche y Día. Actuó en distintos cortos y películas: Octógono, Los invisibles, Adagio, Fin de semana. En un borde impreciso entre realidad, autobiografía y ficción, en Babel ha publicado Animales, Todos los caminos, Luisa fruto extraño, Chispas, Copacabana, Toro Muerto y La piedra. También Perla (Llantodemudo, 2014) y La intimidad (Mansalva, 2015). Está por publicar Dichas y quebrantos (Borde Perdido). [Festival de Poesía de Córdoba 2016]
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Caballo al atardecer
Un atardecer en la playa grande de Trindade, la Praia dos Ranchos, que sí que es grande. Oscurece y queda muy poca gente. Un hombre viene de lejos, al galope. Se frena, baja del caballo, lo toma de las riendas y camina hacia adentro del mar, lento y tranquilo, con un ritmo parejo. El caballo lo sigue con el mismo tranco. El agua era cada vez más profunda pero no cambiaron el ritmo. Avanzaron hasta no hacer pie, hasta no hacer casco, y empezaron a nadar, lejos de nosotros, ardidos de tanto sol, que los mirábamos, fijos. El hombre jugaba con el caballo, montándolo, nadándole al costado, sobándolo. Le tiraba agua, lo provocaba. Se reían. Estuvieron un tiempo así. Después volvieron hacia la playa y se fueron caminando uno al lado del otro, como conversando.
(De Animales.)
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La tempestad
Es la hora de bañarse, en invierno. La estufa marcha a todo lo que da dentro del baño, que está empañado, bien calentito. Los tres hermanos nos desvestimos rápido. Tengo nueve años. Nos llevamos dos años y medio uno de otro: nueve casi diez, siete y medio, cinco. Y nos llevamos bien. Ya está casi oscuro. Venimos de hacer los deberes, de jugar. Nos sacamos la ropa a los tirones y la amontonamos en un rincón; tiritamos un poco, parados desnudos al lado de la bañadera. Ella abre el agua caliente, gradúa la temperatura y cuando siente que es la justa pone el tapón en la rejilla. El agua sube un poco más despacio de como quisiéramos: somos un puñado de ojos apuntando, un montón de pies tamborileando. Cuando llega a la altura justa Perlita cierra las canillas, nos mira y ordena: ¡Ya! Saltamos adentro, mientras su carcajada nos impulsa. Ella cierra rápido la cortina de baño y la ajusta bien contra los azulejos, sosteniéndola, para que no salga agua. Nos enredamos entre nosotros y empezamos a patalear, a chapotear y gritar como locos. Es la tempestad. Tenemos derecho a ella de vez en cuando. Es una gran explosión, la casa tiembla. Casi no podemos respirar de tanta agua que salpicamos, de los alaridos y las risas. Dura poco, pero es suficiente. Mamá dice basta, nos lavamos rápido, abre las cortinas y nos espera envolviéndonos, abrazándonos a los tres juntos con los toallones de color.
(De Perla.)
(De Perla.)

