M. Eugenia Romero

Publicado por Festival Internacional de Poesía de Córdoba 1 Comentario

María Eugenia Romero

Es editora y licenciada en Letras. Estudió filosofía en la UBA y actualmente estudia griego clásico y filosofía antigua bajo la dirección del Lic. Leandro Pinkler. Fue colaboradora de la revista El hilo de Ariadna. Desde 2008 dirige la editorial independiente de literatura Letranómada. Vive en Cruz Chica, La Cumbre, provincia de Córdoba.

* * *

Ciego, yo

viene del agua

viene de la piedra

viene de la montaña

vienen

las almas

vienen disueltas

en el confuso blanco

viene del viento

la penitencia

avanzando en el polvo

desgranando

uno a uno

obstinados

pecados blancos

como piedras de sal

pálida, pálida. Leve los pétalos. Leves. Pálidos todos. Llevan vestidos blancos y flores blancas. Son los procesantes.

quémate piedra quédate piedra quémame piedra quédate quémate quémame

devuelve el polvo al polvo

o disuélvete en el mar.

viene de la tierra

viene de la arcilla

viene de la grieta

vienen

como aspas girando

espinas blancas de cardón blando

aspaviento

piedras almas sólidas en sal

Un hombre baja por la montaña.

Es un hombre joven, robusto y fuerte.

Parece conocer bien los caminos que el viento súbitamente borra.

Sin embargo, de improviso, se muestra inseguro.

Pierde la dirección.

Viste pantalón negro, camisa blanca, sombrero y chaleco de lana.

Lleva una alforja pesada que arroja al suelo.

Cavila, cavila. Mira.

El camino de la montaña es por momentos incierto. Muchas veces esconde el rastro.

yo penitente

yo confuso

yo roto

señor de Quillacas

asísteme

la ceguera que llevo quiebra mi espalda

asísteme

esta carga de piedra te ofende

señor de Quillacas

hágase tu voluntad

quémate piedra quédate piedra disuélvete piedra. En el viento piedra disuélvete.

almas extenuadas

almas atormentadas

almas condenadas

almas de boca seca

almas desamparadas

almas sin lápidas

almas vacilantes

almas aladas

girando

humeantes

aspaviento

almas

señor de Quillacas

socórrenos

y haz del polvo mar

El hombre del pantalón negro es tal vez un forastero. Sus botas son botas de yungas.

No encuentra la senda.

Está desesperado.

madre de la belleza

madre del lamento

madre de la tierra

madre de la espina

madre del viento

madre de la madre

madre blanca de las almas blancas

madre del agua

madre

en las aspas de sal

quiere afrontar la muerte el tiempo

en el viento madre

en el viento avanza

espectros

señora de los vientos viento

se va borrando el recuerdo

pasa la procesión en blanco

como hojas plateadas

como hojas

cayendo

apenas

recuerdos

cayendo

Y hubo hueco silbido hubo un hueco nuevo entre labios hueco

de viento

hubo silbido

amparando

señora de los vientos

se borra se va borrando

blanca dispersión blanca

me voy desorientando

todo es vacío de blanco

blanco todo alrededor

no veo

deshace el frío mi cuerpo

entumecido

ahoga el viento

caigo

surge sonido epifanía entre el blanco desesperante

de la ahuecada juntura labios

guían

centinelas

brizna

como hueco viento

brizna entre las piedras

como hueco

surge

desprevenido

silbido

la belleza

rearma

renazco

ese sonido devela

madreperla

en el blanco.

Se levanta. Se pone en marcha.

El viento lo lastima. Le lagrimean los ojos.

El hombre divisa una casa.

humo de sándalo humo de azufre humo de azucena

huelo blanco sahúmo blanco no veo

atravieso blanco

la pureza

del sonido

como coro de nácar

el hueco

silbido

amplificando

silbido

del pozo

la resonancia

de improviso

plumas

despliega

suri

fascinante

vacila

blanco

canal

ave

finalmente

ave

así

al fin del paraíso

renazco

palpita pulso

silbido

blanco

pulso blanco

la justa nota

pulso

el blanco don

calor en mis piernas

calor en mis brazos

crepitan mis oídos

camino

hacia allí camino

camino camino

voy

La que silba silba tensa la cuerda de plata que liga

te traigo, desconocido, te atraigo

es el viento en su boca viento

en su cuerpo viento el vestido

viento viento labios viento

me ve surgir

hacia sus labios viento hacia su beso

abrasa

blanca

la ilusión

este sonido es alegría

señor de Quillacas

humo de fuego, humo de azucena

alas, hálito, arena, amaranto

señora de los vientos

me ve surgir

por el sonido el viento del silbido

diapasón

blanco

me ve surgir

me atrae por un hilo

silbido

blanco

arrebato

señor de Quillacas

cada penitente una silueta blanca

señor de Quillacas

fúndenos

cada penitente una piedra blanca

señor de Quillacas

cada penitente ata una lanita blanca en ramitas blancas

señor de Quillacas

dejan

pecados blancos

ofrendas

piedritas de sal

quémate piedra quédate piedra quémame piedra quédate quémate quémame

devuelve el polvo al polvo

o disuélvete en el mar

señor de Quillacas

desasgo

viento

traspasa

desasgo

tiempo

viento

ancla

brújula

astrolabio

silbido

sonido

plata

tengo los ojos abiertos

Cada año, el catorce del mes de septiembre, se celebra aquí la santa procesión en honor al patrón de Quillacas.

Llega una multitud desbordante.

El hombre camina solo, entra a la casa.

duermo

temperanza

despierto

temperanza

nuevo

alguien al costado

alguien me aliviana

humo de fuego, humo de azucena

señor de Quillacas

alguien al costado de la cama

alguien vela por mí

quémate piedra quédate piedra disuélvete piedra. En el viento piedra disuélvete piedra. Devuelve el polvo al polvo

o quémate en el mar

señor de Quillacas

me contaron que no todos pueden verlas

señor de Quillacas

me contó que no todos se atreven

La muchacha dice que no todos son capaces de ver las almas regresando. Se lo aseguró esa tarde en la casa. Se lo advierte. Se lo implora. Lo despide.

tiempo desandando tiempo

remolinos

vuelven

almas

viento

vienen

remolinos

de la muerte

¡que así sea!

descarnadas

¡que así sea!

vienen

blancas

ellas

girando

¡que así sea!

si ahueco los labios

almas

ocupan viento

el espacio en ese espacio

silbido

almas

tiempo

huyendo

en el sonido

es tiempo el tiempo

un cierto espacio breve

¡muertos que regresan

como viento

que regresan!

mientras vivamos

señor de Quillacas

tiempo

mientras vivamos

cada alma un remolino en el compacto viento

señor de Quillacas

almas

aspaviento

regresando

piedritas de sal

Silbido, claro silbido sibilino.

parto

estoy curado

retomo

lo inconcluso

distraído

del viaje

del camino

fui

señor de Quillacas

con ellos

voy

peregrino

con mi piedra, por mi piedra, con mi gran piedra

caminante

me despejo

y voy blanco y voy y callo

y sigo los pasos de los otros que caminan conmigo

sigo

la penitencia la marca de la espina

la estría

la huella

el viento

más blanco

viento

este viento

una sólida pantalla blanca lisa

Rueda la alforja por la montaña.

viento

señor de Quillacas

con mi piedra, por mi piedra, con mi gran piedra

dejo mi carga

señor de Quillacas

entrego

yo que ato con ellos una lanita blanca en un arbusto blanco

muelo

la piedra en el viento

expío camino

señor de Quillacas

expío

pálida, pálida. Leve los pétalos leves. Pálidos todos.

somos caminantes

Tres o cuatro perros a lo lejos destrozan flores de lana arrancándolas de la alforja, hilachas coloridas.

sigo y mi cuerpo blanco

es un bulto blanco entre el viento

persisto viento

en el blanco voy blanco

despojándome

al encuentro

almas

remolinos

colapsan

todos colapsamos

almas

a contramarcha

yo colapso

nos fundimos

mínimas

indistinguibles

partículas

blancas

unívoco

corpúsculo

grano

piedra

materia

amalgama

puro viento

aspas

apenas sal

tiempo ambiguo que ocupa

como recuerdo de un mar extenso y blanco

cubre todo de improviso

viento implacable viento

vacío

Cuando se arroja un bastón de cerezo en una salina, el que busca

lo vuelve a encontrar adornado de cristales móviles y centelleantes.

El hombre ahora lo sabe.

(De Bar La Esperanza.)

Una respuesta a ‘M. Eugenia Romero’

  1. Paula dice:

    Hermoso. Comparto.

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